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Alejandro B. Engel
Department of Mathematics and Statistics
Rochester Institute of Technology
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CARMENCITA


 
  Aquella tarde los vió pasar entre risas y caricias, como tantas otras veces los había visto pasar, como había visto pasar y sabido sobrevivir más de un húmedo otoño frente a su ventana; su estrecha ventana desde la cual él sólo veía imágenes difusas a través de las pesadas cortinas que lo ocultaban a la inclemencia de miradas indecorosas. Esa mañana, después de las últimas aguas del invierno el aire brillaba húmedo, limpio con la luz penetrante del sol lavado por la lluvia que se reflejaba en gotas invisibles, y cuando su madre lo sentó frente a la ventana sus ojos se llenaron de una difusa primavera y de nuevos aromas, y entonces él supo -a pesar de que nadie podría imaginar que él también fuese capaz de saber- que las caricias de su madre al acomodarlo en ese mar de cojines, serian sus últimas caricias y no pudo evitar que la primavera con todos sus aromas se le ahogara olvidada en gruesas lágrimas, y su madre lo apretó contra el pecho y a él le pareció que también ella lloraba, que ella también sabía que era su última y difícil mañana de un invierno que se había prolongado inútilmente. Y allí ellos estaban; risas y caricias frente a su ventana, como también esperando. Y no pudo dejar de recordar la primera vez en que los había visto -pensando que tal vez nadie pudiese imaginar que él también fuese capaz de recordar-: había sido un día de enero, cuando el verano de sol vertical quemaba alegre y desnudo de nubes al plátano frente a su ventana, y el calor en su pequeño cuarto le dificultaba el respirar y humedecía las llagas de sus nalgas y sus piernas, haciendo más intenso y casi insoportable el dolor y el ardor, y ellos tomados de la mano, lambiendo un helado compartido entre risas y caricias, fueron la frescura de un mundo nuevo y difuso para él. Recordaba bien ese día, ya que fue cuando decidió -seguramente nadie sospechaba que él también fuese capaz de decisiones- que un día él no seria mas él sino el otro: podría entonces caminar por sí mismo, libre, sintiendo la alegría de vivir, que no conocía pero que creía adivinar, de la mano de Carmencita, si Carmencita, él había escuchado al otro llamarla de Carmencita y esa noche no pudo dormir porque había descubierto su nombre. La llamaba sin voz desde las frías y duras sábanas de ese invierno, en que su madre lo arropó, y trató de decirle, cuando sintió su beso tibio en el rostro, que sabía el nombre de ella. Que era Carmencita, y su madre lo acarició y lo besó nuevamente y le dijo, si, hijo, si, y no entendió, o no quiso entender y se alejó dejándolo en la penumbra de la ampolleta roja que su tío le había traído para que no tuviera miedo de la noche, la Caperucita Roja te va a acompañar para que no llores. Y esa penumbra roja le reemplazo las noches y lo perseguía a través de los parpados que cerraba con fuerza para huir del terror de esa penumbra que se le había hecho peor que la misma noche, y él no lloraba por la noches de miedo a la noche, lloraba por las noches de miedo ya que todos estaban durmiendo y si a él le pasaba algo, a él que mal sabía moverse, nadie habría para socorrerlo, y la penumbra roja más aumentaba su angustia, su angustia que también parecía teñirse de rojo, como su noche y su miedo, y lloraba porque si a alguno de los que tanto amaba le ocurría algún infortunio, él que mal podía moverse no podría socorrerlos, y si su padre, al cual el tanto quería, no despertaba más, entonces estarían solos en el mundo, él y su madre, y él no sería capaz de darle amparo, ni de darle consuelo: si ni alegrías era capaz de darle, y esa noche su padre le tomó la mano y era sólo una sombra más en la penumbra roja, y le cantó canciones que él no entendía, pero que lo llenaron de tristeza y de ternura, y quiso abrazar a su padre, llorar en su hombro, pero sabía que a él le disgustaba verlo llorar y se aguantó las lágrimas hasta que estuvo sólo en la roja penumbra de sus angustias, y suavecito, suavecito para que nadie lo escuchara lloró hasta sentir que el charco de sus lágrimas en la almohada le hacía arder el rostro, y oía risas y voces, las risas y las voces de los que tanto quería, que a todo esto ya se habían olvidado de él y vivían sus vidas ajenos a esas lágrimas de tanto amor en la penumbra roja, y esa noche pensó que no había sido una buena decisión la de no ser más él sino el otro, y a pesar del tiempo que le había tomado decidirse, ahora dudaba, y le iría a tomar aún más tiempo. Todo a él le tomaba tiempo, llevarse a la boca el café tibio que su madre le traía por las mañanas sin derramarlo en las sábanas le llevaba mucho tiempo, y su madre se sentaba a su lado sin mirarlo, para evitarle a él o tal vez a ella misma la vergüenza de sus movimientos torpes, de las marraquetas crujientes y doradas de mantequilla que con tanto placer deshacía entre sus dientes torcidos y que a veces escapaban hechas una pasta de café y saliva entre los labios que tanto le costaba mantener cerrados, también salir de su cama le llevaba mucho tiempo, y luego subir las escaleras hasta su ventana para ver al mundo detrás del recato de las gruesas cortina. Pero su decisión de no ser mas él de ser el otro le había tomado tiempo porque no quería abandonar a los que tanto amaba, abandonarlos por la libertad de unas piernas que supieran llevarlo por el mundo y por la risa clara de Carmencita. Le parecía una traición a aquellos que sólo a él tenían; si sabía que sólo a él tenían porque una noche había escuchado a su madre decir que después de todo él era lo único que ellos tenían, y su padre no respondía; si, es lo único que tenemos, yo sé que es duro, querido, yo mejor que nadie lo sé, ¡cuántas veces he mirado a otras madres con sus hijos tan hermosos!... me he sorprendido en la vergüenza de la envidia, yo sé que es duro. Pero ¿alguna vez te has fijado en su mirada? ¿en la ternura con que nos mira? : tenemos mucho más amor en ese nuestro hijito, que muchos otros tienen en no sé cuántos hijos ingratos, yo sé que as así, lo siento así tan fuerte cada vez que lo veo mirarme, perdido en su cuerpo inútil, desvalido, tal vez hasta con una mente vacía de todo lo demás menos de amor. No podrá expresarse con palabras, ni con gestos. Pero, ¡fíjate en su mirada! : Ese amor es todo lo que tenemos, y a pesar de la tristeza y del dolor que siento al verlo, ese amor que hay en su mirada es la más hermosa bendición que los cielos me han podido dar... Y es todo lo que tenemos, querido, todo... el amor de nuestro hijo bendito. Por eso la decisión le tomó tanto tiempo, le era difícil quitarle a ellos, a quienes tanto amaba, lo único que tenían. Pero tal vez le hubiese sido todo más fácil y menos doloroso si hubiese sabido que esa tarde, no sin un cierto alivio desprovisto de toda culpa, su madre diría: "se fue con el invierno; quieran los cielos que por fin se haga primavera en su vida". Y en esa tarde la ventana estaba por primera vez abierta y la brisa golpeaba las pesadas cortinas contra el dintel, y Carmencita dijo que dicen que se murió el idiota, que se fue al cielo, y él le dijo, no Carmencita, pensando que ahora era capaz de decir su nombre, el idiota no se fue al cielo: está contigo, y Carmencita entre risas y miradas desconcertantes, dijo corriendo calle abajo, tal vez esté en todos nosotros... y él corrió tras ella y supo lo que era tener piernas, corrió tras ella sintiendo que la alegría de vivir inundaba su alma... Y la sentía con mayor delicia de lo que nunca se había atrevido siquiera a soñar.