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ENCUENTRO |
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| Será un día tibio de fin de verano: tal
vez nublado y con una brisa sucia soplando de la costa.
Iremos desde la estación hacia el puente por el margen
del Mapocho, el cual irá vacío, en un hilo delgado de
agua turbia. Allí cruzaremos al parque frente al Museo
(el Museo de los cuadros de Rodrigo el pintor de mis
ficciones), a ese parque de los juegos que un día de
perdida e ingenua infancia fueron mágicos para mi.
Caminaremos entre los antiguos árboles que vieron tantos
y tantos enamorados, algunos furtivos y fugaces, otros
eternos, algunos viviendo engaños que querían vivir,
otros verdades que les dolía vivir: caminaremos entre
las sombras de todos aquellos enamorados, tu mano en la
mía, los dedos entrelazados, sintiendo el otoño
temprano llegar al parque y la fuerza eterna de nuestro
propio tardío amor, también en otoño. Y allá frente
al barco de hierro nos encontraremos en un largo y
húmedo beso... un beso por todos aquellos besos que
nunca nos dimos.... un beso por todos aquellos parques
que dejamos de recorrer... un beso por todos aquellos
días que dejamos de vivir... un beso por todas aquellas
ausencias que ya no volverán a existir.. un beso de
parque en fin de verano: un beso de barco de hierro: un
beso de amor tardío. Al cruzar hacia el puente de Bella Vista se podrá vislumbrar una punta de cordillera deslavada, desflorecida. Y al atravesar el río, al ir hacia el Cerro, habrá en el aire aquel aroma inconfundible y sosegado de Santiago en fin de verano, y al sentirlo te miraré a los ojos y en ese preciso instante sabremos que nunca más dejaremos que alguien nos separe, ni que nada haremos nuevamente que pueda dañarnos: en ese preciso instante sabremos que en esta vida (y quizá en cuantas otras) solamente somos ( y que tal vez siempre fuimos) tú y yo: sólo tú y yo, y nadie más: tú y yo, y nadie más. Llegando al pie del cerro te diré que fue el barrio de mi triste infancia de sueños irreales, de mis primeros recuerdos, pero que la calle donde solíamos vivir jamás la he vuelto a encontrar: se perdió en el tiempo como tanta vida que se fue entre los arrabales difusos de la memoria. Y desde el carro que subirá al cerro con sus tiritones de metal viejo, elevado por aquel otro que baja, como en un eterno juego de equilibrio y contraposiciones, Santiago desplegará su alfombra de recuerdos y perdidas memorias a nuestros pies, y se nos llenaran los ojos donde guardamos el ayer con las luces ya tenues del pasado. Nos diremos al oído, suavemente: "...ves, allá, allá se vislumbra nuestra primera casa.... y allí, sí, allí mira, ¿te acuerdas? allí fue donde nos dimos el primer beso... y más allá: mira, más allá se ve el momento de nuestro primer encuentro... y de este lado, ven, mira: ¿te acuerdas? ¡tanto tiempo que ha pasado!: mira allí: ¿te acuerdas de entonces?... de entonces...". Todo lo nuestro, todo nuestro pasado volverá a vivir por un corto instante, simultaneo bajo la nube casi verde de contaminación que flotará sobre lo que un día fue nuestro único lugar en todo el infinito universo. Iremos de la mano por la larga escalinata que lleva a los pies de la virgen blanca del Cerro, y desde allí se verá Santiago pleno en toda su triste y sucia realidad, su vulgar pobreza y también en su mágico esplendor: con un abrazo estrecho como para querer ser sólo uno y no dos, y sólo uno también con Santiago, y con un beso mojado por alguna lágrima de añoranza por tanto tiempo que se nos pasó, nos diremos sin decirnos que Santiago es sólo tú y yo y nadie más. Que siempre fue, y que siempre será sólo tú y yo, y nadie más: solamente tú y yo y nadie más. |
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